miércoles, 30 de octubre de 2013

Fotos semana 7 El film y el cuerpo



"El cine ha enriquecido nuestro mundo perceptivo con métodos que de hecho se explicarían por los de la teoría freudiana. Un lapsus en la conversación pasaba hace cincuenta años más o menos desapercibido. Resultaba excepcional que de repente abriese perspectivas profundas en esa conversación que parecía antes discurrir superficialmente. Pero todo ha cambiado desde la Psicopatología de la vida cotidiana. Esta ha aislado cosas (y las ha hecho analizables), que antes nadaban inadvertidas en la ancha corriente de lo percibido. Tanto en el mundo óptico, como en el acústico, el cine ha traído consigo una profundización similar de nuestra percepción. Pero esta situación tiene un reverso: las ejecuciones que expone el cine son pasibles de análisis mucho más exacto y más rico en puntos de vista que el que se llevaría a cabo sobre las que se representan en la pintura o en la escena. El cine indica la situación de manera incomparablemente más precisa, y esto es lo que constituye su mayor susceptibilidad de análisis frente a la pintura; respecto de la escena, dicha capacidad está condicionada porque en el cine hay también más elementos susceptibles de ser aislados. Tal circunstancia tiende a favorecer -y de ahí su capital importancia- la interpetración recíproca de ciencia y arte. En realidad, apenas puede señalarse si un comportamiento limpiamente dispuesto dentro de una situación determinada (como un músculo en un cuerpo) atrae más por su valor artístico o por la utilidad científica que rendiría. Una de las funciones revolucionarias del cine consistiría en hacer que se reconozca que la utilización científica de la fotografía y su utilización artística son idénticas. Antes iban generalmente cada una por su lado."


Walter Benjamin, La obra de arte en la época de la reproductibilidad técnica.




























martes, 29 de octubre de 2013

Jean Baudrillard




Jean Baudrillard



METAMORFOSIS, METÁFORA, METASTASIS *


¿Dónde está el cuerpo de la fábula, el cuerpo de la metamorfosis, el del puro encadenamiento de las apariencias, de una fluidez intemporal e insexual de las formas, el cuerpo ceremonial que hacen vivir las mitologías, o la Opera de Pekín y los teatros orientales, o también la danza: cuerpo no individual, dual y fluido -cuerpo sin deseo, pero capaz de todas las metamorfosis-, cuerpo liberado del espejo de sí mismo, pero entregado a todas las seducciones? ¿Y qué seducción más violenta que la de cambiar de especie, transfigurarse en lo animal, lo vegetal, incluso lo mineral y lo inanimado? Este movimiento, que nos hace traidores a nuestra propia especie y nos entrega al vértigo de todas las demás, es el modelo de la seducción amorosa, que también apunta a la extrañeza del otro sexo ya la virtualidad de ser iniciado en él como en una especie animal o vegetal diferente.

La fuerza de la metamorfosis está en el fondo de toda seducción, incluidas las de las formas más fáciles de sustitución, las de las caras, los roles, las máscaras. Rodeamos cada seducción de una metamorfosis, y rodeamos cada metamorfosis de un ceremonial. Así es la ley de las apariencias, y el cuerpo resulta el primer objeto atrapado en este juego.

El cuerpo de la metamorfosis no conoce la metáfora ni la operación del sentido. El sentido no se desliza de una forma a otra, son éstas las que se deslizan directamente de una a otra, como en los movimientos de la danza o en las proferaciones enmascaradas. Cuerpo no psicológico, no sexual, cuerpo liberado de cualquier subjetividad y que recupera la felinidad animal del objeto puro, del movimiento puro, de una pura transparición gestual.

Es cierto que paga esta capacidad fabulosa con una renuncia al deseo, al sexo ya la reproducción. Pero para él es una manera de no morir. Pues pasar de una especie a otra, de una forma a otra, es una forma de desaparecer, y no de morir. Desaparecer es dispersarse en las apariencias. De nada sirve morir, también hay que saber desaparecer. De nada sirve vivir, también hay que saber seducir.

El cuerpo de la metamorfosis no conoce orden simbólico, sólo una sucesión vertiginosa en la que el sujeto se pierde en los encadenamientos rituales. La seducción tampoco conoce el orden simbólico. Sólo cuando se frena esta transfiguración de las formas entre sí aparece un orden simbólico, se erige una instancia cualquiera y se metaforiza el sentido de acuerdo con la ley.

Únicamente entonces, una vez cumplido el Gran Juego de la Fábula, el Vértigo y la Metamorfosis, con la aparición de la sexualidad y el deseo, el cuerpo se convierte en metáfora, escena metafórica de la realidad sexual, con su cortejo de deseos y de inhibiciones.

Ahí ya aparece un extraordinario empobrecimiento: en lugar de ser el teatro suntuoso de múltiples formas iniciáticas, de la crueldad y la versatilidad de las apariencias, lugar de la fantasmagoría de las especies, de los sexos y las diversas maneras de morir, el cuerpo no es más que el exponente de una única marca entre todas: la diferencia sexual, y la escena de un único guión, la fantasma tica sexual inconsciente. Ya no es la fabulosa superficie de inscripción de los sueños y las divinidades, sino sólo la escena de la fantasía y la metáfora del sujeto. El cuerpo ceremonial no es transparente a una verdad, aunque sea metafórica, del sexo y el inconsciente (aquí es donde aparecen los límites del psicoanálisis, que no ha escuchado bien la Fábula, aunque siempre pretenda referirse a ella, y que continúa siendo inepto para opinar acerca de este ser vertiginoso, pero sin deseo, de la metamorfosis).

Las formas juegan entre sí, se intercambian entre sí sin pasar por el imaginario psicológico de un sujeto. Allí, el mundo es mundo, y el lenguaje sólo una de sus formas posibles. Lo imaginario, nuestro imaginario, no es mas que el vestigio psicológico del prestigio cruel de las formas y las apariencias. Es la forma degradada de la ilusión genial y del reino de las metamorfosis.

Cuerpo psicológico, cuerpo inhibido, cuerpo neurotizado, espacio de la fantasía, espejo de la alteridad, espejo de la identidad, lugar del sujeto atrapado por su propia imagen y por su propio deseo, nuestro cuerpo ya no es pagano y mítico, sino cristiano y metafórico; cuerpo del deseo, y no de la fábula.

Le hemos hecho sufrir una especie de precipitación materialista. Tal como hoy lo interpretamos, en lugar de la adivinación que puede encontrarse en la danza, en el duelo y en los astros, tal como lo contamos, en nuestro simulacro inconfesado de realidad, como espacio individualizado de pulsión, de deseo y fantasía, nuestro cuerpo se ha convertido en la precipitación materialista de una forma seductora que llevaba consigo una gigantesca fuerza de denegación del mundo, ultramundana de ilusión y de metamorfosis…




Tras el cuerpo de la metamorfosis, tras el cuerpo de la metáfora, aparece el de la metástasis.

La metáfora no había dejado de ser una figura del exilio, el del alma respecto al cuerpo, el del deseo respecto a su objeto, el del sentido respecto al lenguaje. Pero el exilio sigue ofreciendo una buena distancia, patética, dramática, crítica, estética; serenidad huérfana de su propio mundo, figura ideal del territorio. La desterritorialización ya no es en absoluto el exilio, y tampoco una figura de la metáfora, sino de la metástasis. La de una desprivación del sentido y el territorio, de una lobotomía corporal resultante del enloquecimiento de los circuitos. Electrocutada, lobotomizada, el alma no es más que una circunvolución cerebral. Es probable, además, que un día nuestros sabios neurólogos lleguen a localizarla en el cerebro, como la función del lenguaje o la posición vertical. ¿Dependerá del hemisferio derecho o del izquierdo?

La definición religiosa, metafísica o filosófica del ser ha cedido su sitio a una definición operacional en términos de código genético (ADN) y de organización cerebral (código informacional y billones de neuronas). Vivimos en un sistema en donde ya no hay alma ni metáfora del cuerpo; hasta la fábula del inconsciente ha perdido gran parte de su resonancia. Ningún relato ni instancia acuden a metaforizar nuestra presencia, ninguna trascendencia interviene en nuestra definición, nuestro ser se agota en sus encadenamientos moleculares y circunvoluciones neurónicas.

Tal cosa define, no ya a individuos, sino a mutantes potenciales. Desde el punto de vista de la biología, de la genética y la cibernética, todos somos mutantes. Ahora bien, no puede existir Juicio Final para los mutantes, ni resurrección de los cuerpos, pues ¿qué cuerpo resucitará? Habrá cambiado de fórmula, de cromosomas, habrá sido programado conforme a otras variables motrices y mentales, ya no tendrá derecho a su imagen.

En este sentido, la invalidez ofrece un auténtico terreno de anticipación, una especie de experimentación objetiva sobre el cuerpo, los sentidos y el cerebro, en especial en su relación con la informática. La informática como nueva fuerza productiva, inmaterial, inhumana, y la invalidez como anticipación de las futuras condiciones laborales en un universo alterado, inhumano y anómalo. Basta ver a los ciegos en un deporte de balón -el torball- creado especialmente para ellos, atrapados en comportamientos de ciencia ficción, combinándose los unos con los otros mediante el oído y el reflejo animal, como no tardarán en hacerlo los humanos en un proceso sin mirada de percepción táctil y de adaptación refleja, evolucionando en los sistemas como en el interior de su cerebro o en las circunvoluciones de una caja; los ciegos, y más en general los minusválidos, son figuras de mutantes en tanto que mutilados, y por tanto están más próximos a la conmutación, más próximos a este universo telepático, telecomunicacional, que nosotros, humanos demasiado humanos, condenados por nuestra ausencia de anomalía a formas de trabajo convencionales.

Por la fuerza de las cosas, en el terreno motor y sensorial el minusválido es un experto en potencia. y no es casualidad que lo social se alinee cada vez más en torno a los minusválidos y su promoción operacional: pueden llegar a ser maravillosos instrumentos en función de su misma invalidez. Pueden precedernos en el camino de la mutación y la deshumanización.

En esta peripecia cibernética del cuerpo, las pasiones han desaparecido. O, mejor dicho, se han materializado. ¡Acaban de descubrir la “”molécula de la angustia”"! y leemos, en François Jacob, que en alguna parte del cerebro o de la médula espinal ha sido descubierto el centro del placer. ¡Oh, milagro!: estaba justo al lado del centro del desagrado. Y F. Jacob se apresura a decir: “Eso le habría gustado a Freud” (sobreentendido: ya que defendía la ambivalencia del placer y del desagrado, le habría gustado que esta tesis se verificara en cierto modo gracias a la yuxtaposición anatómica). Maravillosa ingenuidad. ¿Y dónde se localizará el masoquismo, el placer del desagrado? Y, además, para no salirnos de la lógica de Freud: ¿el placer y el desagrado, en lugar de yuxtaponerse, no tendrían que intercambiarse en un único punto, ya que su afinidad psíquica es total?

Dejemos las bufonadas científicas. ¿Qué ocurre hoy con la seducción, con la pasión, con esta fuerza que arranca precisamente al ser humano de toda localización, de toda definición objetiva, qué ocurre con esta fatalidad o con esta ironía superior, con esta aspiración evasiva o con esta estrategia alternativa?

¿Ha pasado al inconsciente, a lo inhibido del psicoanálisis? Si hoy sigue existiendo, tendrá necesariamente que acosar la realidad objetiva, acosar tanto la propia verdad como su perversión, su distorsión, su anomalía, su accidente. Si la ironía existe, tiene que haber pasado a las cosas. Tiene que haberse refugiado en la desobediencia de los comportamientos a la norma, en el desfallecimiento de los programas, en el desarreglo oculto, en la regla de juego oculta, en el silencio en el horizonte del sentido, en el secreto. Lo sublime ha pasado a lo subliminal.

Pero ¿sigue existiendo una vertiente subliminal de las cosas? Nada parece menos seguro. Todo está entregado a la transparencia, porque ya no hay trascendencia, y también porque no hay inhibición ni trasgresión posibles. Tampoco hay que contar con una revolución de lo inhibido (ni psíquico ni histórico). Todo se juega en la inmanencia. Aunque no es seguro que, precisamente en la inmanencia, las cosas obedezcan a las leyes objetivas que se pretende ofrecerles.

Ha concluido el aliento de la trascendencia. Sólo queda la tensión de la inmanencia. Ahora debemos considerar los prodigiosos efectos resultantes de la pérdida de toda trascendencia. Desligado de la trascendencia, no es cierto que el mundo quede entregado al accidente puro, a una distribución aleatoria de las cosas ya las meras leyes de la probabilidad; tal cosa es el imaginario de una conciencia orgullosa que considera que las cosas entregadas a sí mismas sólo producen su confusión. Pero la inmanencia abandonada a sí misma no resulta en absoluto aleatoria. Despliega encadenamientos, o desencadenamientos, completamente inesperados, en especial una singular forma que combina encadenamiento y desencadenamiento: el exponencial. La potenciación, «die steigernde Potenz”", se opone al movimiento dialéctico, «die dialektische Aufhebung”, movimiento de la trascendencia. Este Steigerung es como un desafío lanzado por las cosas, los seres y nosotros mismos, a la pérdida de sus referencias y trascendencia. Esta forma encadenada/ desencadenada aparece de nuevo en la mítica del desafío y la seducción, de la que sabemos que no es una relación dialéctica, sino una potenciación de la relación, expresada mediante una potencialización de las bazas y no mediante un equilibrio. En la seducción volvemos a encontrar la forma exponencial, cualidad fatal que en ocasiones nos regala el destino, y también a las cosas cuando están entregadas a sí mismas.


*Jean Baudrillard, El otro por sí mismo. Anagrama, Barcelona, 1997

sábado, 19 de octubre de 2013

Fotos semana 5 La Memoria Emotiva y la Fotografía





















 

 Salamanca, 14 de febrero de 2013 





Esta reflexión pretende desde la asignatura Estética de la Fotografía y las discusiones llevadas a cabo en clase proponer un panorama de disertaciones que apuntan a definir la estrecha relación entre el cuerpo, su insinuación y la fotografía. Comparto con ustedes esta reflexión que elaboré en mis estudios en Salamanca, España sobre la fotografía y el cuerpo
Primera estación
El tiempo: una variable determinante
Hace unos días  tuve la oportunidad de volver a    ver 10 años después “Los Sueños” de Akira Kurosawa, y en  uno de sus fragmentos o sueño, trataba  sobre un pintor que admiraba al gran Vincent van Gogh, pudiendo el novel pintor visitando el museo pasar a través de las pinturas del artista holandes. Así estas  cobran vida y en ellas intenta encontrarse con su creador. En su encuentro Van Gogh esta desesperado porque queda poco tiempo, simultáneamente aparecía una locomotora en marcha como signo de velocidad. Fuerte  metáfora sobre la modernidad y a su vez sobre el tiempo que no desvinculo al advenimiento avasallante de la fotografía. Yo no sé si Kurosawa lo hizo con esa intención, igual no es relevante porque eso responde al significado inaccesible del autor. El tiempo y la velocidad en plasmar la realidad: una conjetura sobre la interpretación de un momento en detención.
Si algo  fundamenta la fotografía es el tiempo. Ella misma es una suspensión, el detenimiento de un acontecimiento y pareciera dar gran importancia a la acción acontecida, pero es que desde el mismo momento que ha sido detenida, ya ese trozo de pasado ha quedado inmortalizado como una imagen que es metáfora de pasado ubicándonos en quién la contempla en la reflexión del tiempo inexorable en el siempre presente. Con esto se puede sentenciar que la fotografía es una acción en el tiempo.
Si bien la pintura también responde a un tiempo, éste es tácito porque pertenece al autor. La pintura tiene el tiempo del imaginario a diferencia de la fotografía que  es lineal y es pertenencia ineludible del momento. La fotografía en esa linealidad nos convoca a un antes y un después inevitable como señalara Pierce. Si bien esa detención nos ubica en un tiempo definido, ese tiempo tiene naturaleza histórica y podemos inferir su antes a través de múltiples evidencias y también su después como una extraña forma de sortilegio documentado.
Quizá el origen de todo sea el cuerpo, pero no como organismo natural, sino como artificio, como arquitectura, como construcción social y política. Eso que siempre imaginamos como biológico -la división entre hombre y mujer, masculino y femenino- y que es una construcción social. Me interesa la dimensión técnica de eso que parece natural.
              Beatríz Preciados

 

 

Tercera estación

El Punctum de la fotografía erótica



Como he comentado sobre el tiempo en el antes y el después de la fotografía que Pierce denominaba técnicamente como el índice de la fotografía, Barthes por su parte lo va a llamar Punctum aludiendo a un campo ciego que esta fuera de la fotografía, a esa forma de develar lo oculto.


“La presencia de este campo ciego es, me parece, lo que distingue la fotografía erótica de la pornográfica. La fotografía representa ordinariamente el sexo, hace de él un objeto inmóvil (un fetiche) […..] no hay punctum en la imagen pornográfica, a lo sumo me divierte (y aún, el tedio aparece pronto) la foto erótica por el contrario (ésta es su condición propia) no hace del sexo su
objeto central, puede perfectamente no mostrarlo, arrastra al espectador fuera de su marco y es así como animo a la foto y como ella me anima a mí. El punctum es entonces  una especie de sutil mas-allá-del-tiempo, como si la imagen lanzase el deseo más allá de lo que ella misma muestra”[1]
El punctum no es entonces una pose o una situación definida sino todo actuando en sinergia, la totalidad de la imagen detenida haciendo de ese develar del cuerpo un descubrimiento de su insinuación, un punctum erótico porque nos coloca como vouyeristas frente a la imagen. Pero su valor como tal recae en el tiempo, en eso que Pierce describe técnicamente como el índice de la fotografía, el antes y el después, una variable que encarnada en el cuerpo que deja entreverse connota erotismo. Dándonos la posibilidad de una pulsión erótica propia del arte

 

 LA MEMORIA EMOTIVA: LA FOTOGRAFÍA 

Tomado de la web

 Stanislavski se apoya en l
Stanislavski se apoya en las teorías del francés Ribot de principios del siglo XX. Este había planteado que a veces reaparecían los recuerdos, con sentimientos incluidos, y a eso lo había llamado memoria afectiva. El  ruso, preocupado por encontrar una vía para la aparición de estados emocionales, planteaba al actor trabajar sobre recuerdos personales, y luego mecanizarlo, para que por  de estímulos, el actor pudiese conectarse con las imágenes del pasado y apareciese así el estado emocional en el escenario.
Así como existe una  sensorial, sensaciones captadas por los cinco sentidos (aromas, , texturas, colores, etc.), también existe una memoria de las emociones, de hecho, muchas veces la memoria sensorial evoca a la memoria afectiva.
El actor entonces debe buscar en su pasado personal una situación análoga a la que vive el personaje en la ficción, revivir esa situación y, una vez encontrado el sentimiento, traer la emoción a la escena.
Stanislavski parte de la premisa de que el actor nunca debe dejar de ser el mismo en escena "Nunca se pierdan a si mismos en escena. Actúen siempre dentro de su personalidad propia, como artistas. No pueden nunca escaparse sí mismos. El momento en que se pierden, marca el dejar de vivir verdaderamente su  para caer en al actuación falsa y exagerada" El actor debe ponerse en el lugar de la persona que interpreta y actuar del modo que esa persona lo haría.